jueves, 27 de julio de 2017

¿Formación profesional en la Secundaria? Apuntes para un debate

¿Formación profesional en la Secundaria? Apuntes para un debate

Recientemente (mediados de junio), Eric Hanushek (un reputado economista de la educación de la Universidad de Stanford) publicó un artículo en el diario Wall Street Journal en el que explicaba los inconvenientes de haber cursado Formación Profesional en la Educación Secundaria, al tiempo que advertía de la práctica imposibilidad de trasladar a los Estados Unidos la formación dual existente en países como Alemania (modelo por el que se suspira ampliamente en España). Quiero dejar constancia, en primer lugar, de que Hanushek fue invitado en mayo de 2013 por el que fuera en aquel entonces ministro de educación, José Ignacio Wert, para que participase en un seminario organizado por su ministerio con el objetivo de justificar la existencia de los exámenes externos (las reválidas). Junto a estas pruebas externas, otra de las medidas estelares de la LOMCE es, justamente, la expansión de la Formación Profesional. No estaría de más, que este mismo ministerio volviera a invitar a Hanushek para que explicara lo que sabemos sobre este tipo de formación.

         El artículo de prensa de Hanushek se basa en una investigación en la que él mismo ha participado en el seno de un equipo internacional (cuyos resultados fueron enviados a The Journal of Human Resources en abril de 2015 y  publicados este mismo año). Este grupo analizó los datos de una muestra internacional –procedente de la Encuesta Internacional de Alfabetización de Adultos (IALS)- a partir de la cual se puede ver el desempeño laboral de trabajadores de todas las edades a lo largo de su vida profesionalmente activa.

Lo que en esta investigación se plantea es que, si bien durante los primeros años de acceso a la vida laboral las ventajas -tanto en términos de salarios como de nivel de empleo- son claramente superiores para quienes han cursado la rama profesional frente a quienes han optado por la generalista –o académica-, con el paso del tiempo tales beneficios se van difuminando. Lo que sucede es que, en un mundo laboral en continuo cambio, las destrezas que se puedan aprender en la Formación Profesional tienen una fecha de caducidad cada vez más próxima a la de la finalización de los estudios. Y no solo esto. Hoy en día es preciso estar en disposición de aprender permanentemente, de aprender a aprender, y esto es algo que resulta más fácil de hacer desde una formación flexible –como sería el caso de la generalista- que desde la suministrada en la red profesional. Los datos muestran contundentemente que esto es así.

A pesar de que los individuos con educación general inicialmente (normalizado a la edad de 16 años) tienen un 6,9% menos de posibilidades de estar empleados que aquellos que cuentan con Formación Profesional, la brecha en la tasa de empleo se estrecha un 2,1% cada diez años. Esto implica que a la edad de 49 años, por término medio, quienes han cursado educación general tienen más probabilidades de estar empleados que aquellos que han cursado formación vocacional.

Por tanto, a partir de los cincuenta años de edad quienes han cursado educación generalista están en mejores condiciones en el mercado de trabajo que quienes estudiaron en la rama vocacional. Se podría pensar que esto se debe a que aquellos que han cursado Formación Profesional trabajan en sectores económicos (o empresas) más expuestos a los despidos masivos o que simplemente prefieren retirarse a una edad más temprana, de modo que su situación en el mercado de trabajo nada tendría que ver con sus destrezas. Para responder a esta cuestión se analizó, con los datos de su Seguridad Social, la situación en Austria. Aunque este país no está incluido en el IALS, tiene un sistema de formación profesional similar al de Alemania y Suiza.

Los datos longitudinales de Austria nos permiten identificar a los trabajadores que perdieron su empleo debido al cierre de su empresa y compararlos con las pautas posteriores de empleo de trabajadores similares que no perdieron su trabajo como resultado de la desaparición de su empresa (…). Estos datos no son perfectos debido a que no informan sobre el nivel de educación. Sin embargo, todos los empleados de Austria están obligados por la Ley de la Seguridad Social (ASVG) a contraer un seguro social obligatorio, el cual los clasifica como trabajadores de cuello azul o de cuello blanco. Podemos interpretar esta diferenciación como un equivalente aproximado al tipo de educación, ya que ambas medidas están muy correlacionadas. A partir de los datos del microcenso de Austria, un simple cruce de estos revela que al menos el 13,4% de los trabajadores clasificados como de cuello blanco tenían una educación general mientras este no era el caso de prácticamente ninguno de los de cuello azul. Para los menores de cincuenta años, las tasas relativas de empleo de los trabajadores de cuello azul tras el cierre están por encima de los trabajadores de cuello blanco. Sin embargo, para los trabajadores de más de cincuenta años las tornas cambian en sentido opuesto.

Un aviso para navegantes: pese a lo que insistentemente se ha dicho aquí, al hilo de la LOMCE, la formación profesional dual (alemana, danesa, suiza o austriaca), explica Hanushek, no es fácilmente exportable.

Los Estados Unidos no pueden replicar rápidamente la asentada historia del aprendizaje profesional de Alemania. El sistema alemán se apoya en medio siglo de experiencia de los empleadores, de estándares nacionales y de un mercado laboral relativamente rígido que confía en la certificación como credencial que sirve para contratar (…). En cambio, los Estados Unidos no han optado por la educación vocacional. En la Secundaria, se ha elegido una vía alternativa de enseñar destrezas básicas tales como las Matemáticas y la lectura para motivar a los estudiantes que no van bien en el currículo general.

Vistos estos datos, parece claro que la Formación Profesional (y excluyo a la Formación Profesional Superior) no es la vía más adecuada para integrarse en un mundo laboral como el actual, y no digamos en el que se avizora para los próximos años. ¿Por qué la insistencia por parte de tantos en este itinerario educativo? Se puede encontrar una respuesta convincente en un artículo publicado en 2009 por Manfred Wallenborn y Stephen P. Heyneman cuyo título (“¿Debería formar parte de la Educación Secundaria la Formación Profesional?”) es una invitación a reflexionar sobre el lugar de la Formación Profesional en nuestro sistema educativo. En realidad, vienen a decir, esta formación poco tiene qué ver con el mercado de trabajo. Más bien responde a la necesidad de apartar a aquellos alumnos a los que la escuela considera poco capacitados para prosperar en ella.

La historia nos enseña que el problema relativo a la decisión de contar con una educación vocacional en la escuela secundaria poco tiene que ver con la educación vocacional. Más bien tiene que ver con los supuestos de quiénes deberían cursarla y por qué a aquellos que la cursan se les debe impedir el acceso a las universidades de élite. En otras palabras, el problema radica en las restricciones sociales asociadas a aquellos que cursan la educación vocacional.

         Además, apuntan (y esto es algo que deberíamos tener en cuenta en los debates educativos españoles) que las familias no demandan este tipo de educación. La Formación Profesional es la respuesta del sistema educativo a cómo “aparcar” (“park” en el original) a los alumnos menos académicos. De hecho, para la mayoría de los gestores educativos (sean de izquierdas o de derechas) la Formación Profesional es para los hijos de los otros, nunca para los suyos. Esta es una actitud que se puede ver en el personaje de Indiana Jones y cómo torna su indiferencia por el hecho de que el joven que protagoniza la película no haya llegado a la universidad en un enorme cabreo cuando descubre que se trata de su hijo.

El mercado de trabajo parece compartir esta visión degradada de la Formación Profesional. Así, de acuerdo con el informe de Adecco (Oferta y demanda de empleo en España, 2015), tan solo el 8,3% de las ofertas de empleo demanda un nivel de Formación Profesional de Grado Medio frente a un 17% de ofertas que solicita un nivel de Bachillerato.

Llegados aquí, la pregunta está bastante clara: ¿qué hacer? La respuesta pasa por una transformación radical de nuestro sistema educativo, de manera que no hubiera espacio para el fracaso escolar y la consiguiente canalización de quienes fracasan hacia la red profesional. Dado que el objetivo de nuestro país –como el del resto de los miembros de la Unión Europea- es que la práctica totalidad de nuestros jóvenes adquiera como mínimo una credencial de Educación Secundaria Superior, no quedaría más remedio que repensar nuestro anquilosado y academicista Bachillerato y cómo dar cobijo en él a la práctica totalidad de la población escolar del correspondiente tramo de edad.


Espero que nadie vea en esta proposición el suspiro utópico de un igualitarista. Más bien se trata de adaptar la escuela a las exigencias de la sociedad. En tiempos pasados las destrezas aprendidas en la escuela y/o los primeros años de la vida laboral podían servir para bandearse a lo largo de toda la vida laboral. Bastaría con pensar, por ejemplo, en los trabajadores de la antigua SEAT. En este contexto, la Formación Profesional pudo haber tenido sentido. Algo similar cabría decir con relación a lo que se plantea en la película de ciencia ficción Interstelar. Como se puede ver en el tráiler, aquí estamos en una sociedad que no precisa ingenieros (que es lo que querría ser su protagonista), sino gente que trabaje en el sector agrícola. Sin embargo, vivimos en un escenario, tanto laboral como social, que demanda trabajadores y ciudadanos que aprendan permanentemente. El siguiente paso será conseguir que todos los ciudadanos tengan educación superior, sea en la universidad o en la Formación Profesional de Grado Superior. Esto es lo que pretendía Obama. Por otra parte, el acceso universal a la educación superior es casi una realidad en países como Australia. 

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