miércoles, 23 de noviembre de 2016

El verano del olvido. Unas consideraciones sobre los cambios en el calendario escolar.


El verano del olvido.
Unas consideraciones sobre los cambios en el calendario escolar.

La Comunidad Autónoma de Cantabria ha aprobado un nuevo calendario escolar para el curso 2016-2017. Las tres novedades principales son la introducción de dos semanas no lectivas –una a comienzos de noviembre, aprovechando el puente de todos los santos, y otra en el periodo de carnaval, en la segunda quincena de febrero-, la consiguiente división del curso escolar en cinco periodos lectivos –que dan lugar a otros tantos periodos de evaluación- y el paso de los exámenes de septiembre a junio. Como consecuencia de estas modificaciones, el curso termina un día más tarde de lo habitual en el resto del país. El número de días lectivos es exactamente el mismo que en las demás comunidades autónomas.

Sobre esta cuestión, impartí el pasado 24 de noviembre una conferencia organizada por el Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid (cuyo PowerPoint se puede consultar aquí y a partir de la cual estoy ultimando un texto que espero publicar en breve).

De entre los varios aspectos en que me centré, quiero destacar la ausencia de reflexión sobre uno de los elementos que nos diferencia de la media europea –tan invocada para acometer el cambio de calendario- y es el referido a nuestras largas vacaciones de verano. Como demostró Heyns en su estudio ya clásico (Summer Learning and the Effects of Schooling. New York: Academic Press, 1978)  sobre este tema, unas vacaciones tan extensas dan lugar a eso que se ha dado en llamar el  verano del olvido. No solo se trata de que haya que dedicar una porción considerable del comienzo de curso para recuperar el nivel del final del anterior, sino que además esto es más difícil de conseguir con los alumnos procedentes de familias de bajo estatus socioeconómico (resultado de las desigualdades sociales para el acceso a recursos educativos durante el periodo estival). Las Matemáticas son inmunes a estas diferencias sociales. Sin embargo, estas últimas se agrandan considerablemente en lo que se refiere a la habilidad lectora (ver Cooper et al.).

Como se puede comprobar en el siguiente gráfico (tomado de Gromada y Shewbridge), España se encuentra entre los países cuyas vacaciones estivales son más prolongadas (once semanas).



Algunos investigadores consideran que los bajos resultados de los estudiantes pertenecientes a grupos de bajo estatus socioeconómico se explican por la pérdida de conocimiento acumulada a lo largo de doce años de educación. Se calcula que cada verano supone un retraso de tres meses con respecto al resto de los estudiantes (Smith y Brewer). En quinto de primaria los niños de bajo estatus socioeconómico están dos años retrasados en lectura comparados con sus compañeros de clase media (Entwistle y Alexander). Esto es lo que explica que los investigadores Alexander, Etwistel y Olson planteen que los niños en situación de desventaja socioeconómica precisan un programa escolar anual (bibliotecas, planes de lectura, libros en casa).

En el caso de los Estados Unidos  (tal y como explicaban Cooper, Vallentine, Charlton y  Menson), las propuestas de modificación del calendario han sido de dos tipos. La primera plantea el incremento del número de días lectivos so pretexto de que en este país tal número  (175, como en España hoy en día) es menor que el de la media de los países más desarrollados. La segunda propone establecer ciclos de nueve semanas lectivas (e incluso doce) seguidas de tres libres (o cuatro si fueran doce las lectivas).

Como era de esperar, la modificación del calendario genera oposición entre ciertos grupos sociales. En este caso, las familias más acomodadas prefieren unas vacaciones más largas en el fácil entendido de que estas les permiten aportar a sus hijos un complemento educativo de calidad que les suministrará ventajas en la escuela.

La mayor parte de los estudios sobre los efectos nocivos de las prolongadas vacaciones de verano se han realizado en los Estados Unidos. Entre los pocos realizados fuera de este país, se puede citar el acometido en Austria por Paechter, Luttenberger y Macher. La muestra de su estudio consiste en 182 estudiantes de entre 10 y 12 años. Al igual que en los estudios citados, se detecta un menor rendimiento en Matemáticas y una cierta mejora en la lectura. La principal aportación de su investigación se refiere al hecho de que tales retrasos terminan por desaparecer nueve semanas después del comienzo del curso. En todo caso, parece obvio que se precisan más investigaciones sobre estas cuestiones.

Cuanto se ha señalado más arriba, incide sobre el que quizás sea el aspecto menos comentado del nuevo calendario cántabro: el desplazamiento de los exámenes de septiembre a finales de junio. Hasta donde puedo saber esta es una cuestión sobre la que da la sensación de que se ha pasado de puntillas (y sobre la que además se conoce bien poco) y ello pese a que se trata de un tema que se ha empezado a debatir en otras comunidades autónomas, como es el caso de la de Madrid. De acuerdo con la información aparecida en la prensa, la CEAPA aduce la cuestión del “verano del olvido” (aprueban en septiembre especialmente aquellos alumnos cuyas familias pueden pagar clases particulares) como argumento para el traslado de los exámenes a junio. Los sindicatos, haciendo gala de una cierta actitud reactiva, estarían a la espera de lo que planteen las autoridades educativas.  

En el panel posterior a mi conferencia organizada por el Consejo Escolar de Madrid, uno de los intervinientes –Mario López González, un director de un IES- apuntó, en una cautivadora intervención, una evidencia que no se puede obviar. Indicó que los exámenes de septiembre suelen ser una fuente de frustración para las familias. No es infrecuente que un cuatro en Matemáticas en el mes de junio se transforme en un dos en el correspondiente examen de septiembre, lo que vendría a ratificar los datos relativos a la especial incidencia del verano del olvido sobre las Matemáticas.