jueves, 15 de septiembre de 2016

El honor de las matrículas.
Una reflexión sobre los expedientes escolares excelentes.

         Recientemente, he leído un interesantísimo libro sobre las ciencias cognitivas y de él entresaco este párrafo:

Invariablemente, la gente que tiene éxito en la escuela es buena para saber descifrar lo que el profesor quiere y dárselo. En la vida real no hay profesor al que agradar, y estos “cazadores de notas” a menudo se encuentran desorientados. Cuando me he encargado de las admisiones de licenciados o graduados, si un estudiante presentaba un expediente en el que todo eran matrículas de honor y sobresalientes, inmediatamente lo rechazaba. No es posible que alguien sea igualmente bueno o que esté igualmente interesado en todo (salvo en agradar al profesor).

         Sin duda, una reflexión de este tipo escandalizará a muchos estudiantes aplicados que se han desvivido por acumular notas excelentes. No obstante, el modo en que está organizado nuestro sistema educativo fuerza a todo aquel estudiante de Secundaria que quiera cursar una titulación universitaria con alta demanda y/o pocas plazas (como es el caso de Medicina en las universidades públicas y de muchas dobles titulaciones) a buscar el modo en que las notas de todas y cada una de las asignaturas sean lo más altas posible. Lo mismo cabe decir con respecto al estudiante universitario que aspire a quedarse en la universidad como profesor y/o investigador.

         No creo que ni siquiera alguien con la mentalidad de Leonardo da Vinci pudiera tener un elevadísimo interés en todas y cada una de las asignaturas. Y, aunque así fuese, es no menos difícil que tal interés se traduzca en sobresalientes con todos los profesores. En un escenario como un centro de Secundaria o una facultad, todo estudiante se encontrará con profesores que no le motiven en absoluto (quizás no solo a él sino a todos sus compañeros). El contenido de la asignatura podría resultarle atractivo pero no así el modo en que se imparte o que de los contenidos de tal materia se resalten algunos quizás en detrimento de otros. Muchos estudiantes pueden recordar que los filósofos del siglo XX –para qué hablar del XXI- no se llegaban a explicar porque no entraban en la selectividad. Los ejemplos de estos “recortes” podrían ser infinitos.

         En estas condiciones, un buen estudiante –de esos que salen en la prensa con motivo de sus “galácticas” notas en el Bachiller y la selectividad- podría ser fundamentalmente un experto en cómo lidiar con las peculiaridades de cada profesor y, muy posiblemente, alguien que tiene cierto grado de pasión por algunas asignaturas.

         En la universidad la cosa es igual de grave. Por regla general, todo aquel que quiera ser profesor universitario está condenado a desarrollar esta singular habilidad de saber “pillar el tranquillo” de cada profesor y, en el caso de que la nota obtenida no sea buena, solicitar –eso sí, individualmente- la entrega de algún trabajo con el que subir nota.

         Como muy bien explicaba Marx, son las condiciones materiales de la existencia las que determinan la conciencia. ¿Qué tipo de personas se estaría desarrollando en estas condiciones? ¿No estaremos encumbrando un cierto tipo de personalidad? Personas, muy posiblemente, más interesadas en las recompensas extrínsecas que en el conocimiento, proclives al “sálvese quien pueda”. Lo grave es que esta podría ser la cantera de la que se extrajera buena parte del profesorado universitario –y quizás de todo el sistema educativo-. Estas serían algunas de  las rendijas por las que se pudiera filtrar la ideología dominante del individualismo posesivo.


         

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