lunes, 7 de marzo de 2016

Mi respuesta a Alberto Royo

          En su blog, Alberto Royo contesta a mis comentarios acerca del artículo que el diario El Mundo publicó con relación a un reciente libro de este profesor. El principal problema que veo a su réplica es que, al igual que Don Quijote tomara por gigantes lo que no eran sino molinos de viento, su autor no duda en atribuir a quien de él discrepa palabras y actitudes que no ha manifestado. De este modo, y por sorprendente que pueda parecer, Royo me sitúa en el bando de “quienes desprecian el saber y la cultura”, de “quienes quieren convertir al profesor en un mono de feria”. Lo que me pregunto es: ¿quiénes son tales gentes tan aviesas? No contento con esto, afirma que lo “que ha cambiado es sencillamente que hoy se cuestiona que el niño deba aprender”. Mi pregunta vuelve a ser la misma: ¿quién cuestiona esto?  O, más adelante, se pregunta si “se considera que tener un cierto orden en clase es una humillación para los alumnos”, afirmación que pertenece en exclusiva a su peculiar cosecha personal. Para aclarar estos extremos, Royo me remite a la lectura de su libro, condición que parece establecer como indispensable para que pudiera reflexionar sobre un artículo de periódico en el que se recogía alguna de mis opiniones (razón por la cual escribí una entrada en mi blog).

         Recurriendo al arte de birlibirloque, dice que la izquierda –en la que al parecer, y sin que venga al caso, creo que me incluye- “hace tiempo que renunció a defender la instrucción pública como palanca de ascenso social”. Sin embargo, quien escribe el prólogo de su libro es, según sus propias palabras, “progresista, socialdemócrata declarado”. ¿En qué quedamos? ¿Ha entregado el prólogo a un izquierdista, el cual, en consecuencia, sería un renegado de la escuela pública? A renglón seguido, descubrimos que el prologuista debe ser un izquierdista quizás de los buenos, de los que defienden el conocimiento. Según parece, en nuestra escuela no se trabaja a partir del conocimiento. Sin embargo, lo que en ella tenemos es una saturación de asignaturas –hasta trece en primero de la ESO-, cada una de las cuales está sobrecargada de conocimientos. Es tanto lo que se pretende abarcar, que se cae en el mayor de los ridículos. Véase a modo de ejemplo, cómo un libro de cuarto de la ESO (J. A. Martínez, F. Muñoz y M.A. Carrión, Lengua Castellana y Literatura, Madrid, Akal, 2008), en su afán por explicar la práctica totalidad de los poetas de la generación del 27, no le queda más remedio que recurrir a un resumen irrelevante de algún aspecto de cada uno de sus miembros:

Ø GERARDO DIEGO (1896-1987). Su extensa obra poética se caracteriza por su variedad formal y temática. En ella conviven el vanguardismo ultraísta y creacionista, el neopopularismo, el gongorismo y los moldes clásicos. Algunos títulos son: Imagen, Manual de espumas, Fábula de Equis y Zeda, Alondra de verdad, etc. (p. 268).

Y lo mismo sucede con el proteico empeño por referenciar a buena parte de los novelistas actuales.

Ø JOSÉ MARÍA MERINO conjuga en sus relatos el gusto por narrar con la experimentación técnica: Novela de Andrés Choz, El caldero de oro, La orilla oscura,… (p. 333).

¿Qué se pretende con estas pequeñas píldoras de información? ¿Correrán los estudiantes a la biblioteca a leer los libros de estos autores?

Aquí se puede ver el modo cómo ahogamos en un océano de ejercicios de Matemáticas, repetitivos hasta el aburrimiento, a nuestros estudiantes de Secundaria. La comparativa con lo que ocurre en Singapur –país cuyos resultados en esta materia son mucho mejores que los de España- no tiene desperdicio.

El problema de todo esto, y lo saben muy bien los propios profesores, es que el conocimiento que pretende transmitir nuestra escuela es sencillamente inabarcable.  

En mi escrito, hacía referencia, y así lo recoge Royo, a que elementos como la autoridad  "pueden fácilmente traducirse en una docencia de carácter unidireccional en la que la palabra queda monopolizada por el profesor condenando, de este modo, al alumnado al silencio y, muy posiblemente, a la ausencia de aprendizaje". Desde aquí, Royo no tiene empacho alguno en considerar que el hecho de que la docencia pudiera ser unidireccional equivale a poner en duda la honradez del profesorado. Sin embargo, que es mayoritariamente unidireccional –lo que, además, dista de ser un insulto- es algo que, para nuestra desgracia, constató un equipo de la OCDE en una visita escolar a la fue invitado por el gobierno de Canarias. Esto es lo que decía:

Muchos profesores sólo exigen a sus alumnos que memoricen los contenidos de una asignatura para poder aprobar los exámenes. Este estilo de enseñanza no conlleva la obtención de buenos resultados en el informe PISA ni en la educación en general.

Royo se pregunta “por qué es más importante el "aprender a aprender" que el "aprender"”.  Muy sencillo: aprender a aprender consiste en adquirir conocimientos a lo largo de toda la vida.  Se aprende a aprender a partir de conocimientos, no en el vacío.

         Royo no tiene problema alguno en negar la realidad cuando afirma que actualmente “la diferencia cultural entre el maestro y el alumno es, en mi opinión, más acusada que nunca”. Por fortuna, esta vez dice que es su opinión. Sin embargo, el problema es que esto no es una cuestión sobre la que se pueda opinar. El nivel cultural (y educativo) de la población española –y la evidencia de que disponemos es abrumadora- se ha elevado considerablemente desde los primeros años de la democracia. Si no fuera así, literatos como Muñoz Molina, y tantos otros, no podrían vivir de su obra. Cosa distinta es que cierto prejuicio elitista impida ver lo que es una realidad incontestable.

         Lo mismo cabe decir de su desacertada afirmación de que “no ha habido mutación genética en la especie humana que justifique el que un niño aprenda hoy de manera diferente a como lo hacía ayer”. Lo que sí sabemos hoy en día es en qué modo la gente puede aprender más eficazmente. Basta con pensar en los trabajos de Howard Gardner y de Lawrence Steinberg (espero que no sean despachados como meros charlatanes)

         Dado que considero que uno de los fallos de la LOGSE ha sido no contar con profesores para la ESO, Royo llega a la conclusión de que, en realidad, lo que creo es que los profesores de Secundaria son “directamente "inútiles"” (a este hombre no le cuesta lo más mínimo hacer el recorrido que lleva a la descalificación). Sin embargo, lo que yo digo es que se tendría que haber pensado en un grupo o cuerpo de profesores de la ESO, el cual podría proceder de nuevas contrataciones o de profesores en activo. De hecho, y lamento no contar con datos científicos al respecto, es altamente probable que el primer ciclo de la ESO funcione razonablemente bien cuando de él se encargan maestros en lugar de profesores de Secundaria.


         Si uno entra en el blog de Royo, verá que quizás se considera una suerte de alter ego de Atticus, el protagonista de Matar a un ruiseñor, del cual en un momento dado, se dice: “Atticus me dijo que borrase los adjetivos y tendría los hechos (“Atticus told me to delete the adjectives and I'd have the facts”). Justamente, esto es lo que no hace Royo: llena su argumentario de insultos. No hace falta que nadie le obsequie con improperios. Él solito se las apaña para recopilarlos y desde ahí lanzarse por la senda de la discordia. 

1 comentario:

  1. Toda una pena que tras semejante numantina defensa, los informes educativos y el posicionamiento universitario den de una manera tan incontestable la razón a Royo.

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